
Traer la escena, visualizarla, percibir otra vez, olores, sensaciones, climas, intensidades, estar… de nuevo ahí, como en el tiempo del no tiempo, estar,,, de nuevo ahí, capturados en esa escenografía, en ese escenario, evocando la paradoja del tiempo caótico, del tiempo que no pudo capturar el reloj, del tiempo desordenado, en donde lo que fue, sigue siendo. Cómo en los sueños las escenas se tren a la mente mediante la invocación, la memoria emotiva, suelen decir los actores, las sensaciones corporales, la asociación, la introspección… podríamos seguir enumerando técnicas y modos de “recordar” o de volver a pasar por la emoción. Particularmente creo que no se recuerda desde una acción meramente voluntaria, sino que exciten registros corporales que ni siquiera tenemos internalizados en nuestra conciencia, sino que aparecen cuando algo de lo exterior gatilla sobre nosotros. Un perfume, un olor, un color, una música, un rasgo en un rostro cercano, un gesto, una manera de ser acariciados o tocados, de ser sostenidos por otro durante un juego o de ser rechazados, pueden llevarnos a ese terreno de lo que nos habita.
Sacarlo a la luz, ponerlo en las manos de otros, habilitar al grupo a compartirlo… es lo que el psicodrama y la escena ofrecen… el espacio, el territorio para que despleguemos el mapa, y para que a partir de alli, comencemos a desterritorializar, a construir nuevas cartografías, nuevos paradigmas sobre los cimientos de lo existente, de lo cristalizado, para deconstruir, para romper, para desarmar… imágenes representacionales, que en el mundo de lo simbólico quedan capturadas, rigidizadas, y que nos dejan parados en un único lugar estático y certero.
Escenificar es romper certezas… dramatizar es crear senderos, bifurcaciones… es habilitar el imaginario colectivo y echar a rodar lo propio que es también lo común,.
Dramatizar es navegar por los flujos de lógicas compartidas, es dejar que fluya la emocionalidad., es permitirle al cuerpo que se encuentre con su linaje, y descubra que nada de lo humano es netamente propio, sino que en terreno de la emoción y de los sentimientos, formamos parte de una misma ontología, de una misma inmanencia.
Graciela González



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